Pastillas para no soñar
La libertad es poder soñar despiertos. No soñar con escapar, sino soñar con construir. Con vivir.
Me desperté esta mañana con Sabina en la cabeza, “Pastillas para no soñar”, me decía, y mientras intentaba sacarme la canción de encima, pensé: igual Sabina tiene razón, y llevamos años medicándonos para no soñar, anestesiándonos con el scroll infinito, con la rutina, con los “no puedo” que soltamos como si fueran verdades absolutas. Pero la libertad, la de verdad, no la que te venden en camisetas de Zara o en discursos de gurús de YouTube, es otra cosa. La libertad es soñar. Pero soñar despiertos. Soñar sabiendo que ese sueño tiene piernas, que podemos caminarlo.
Lo que pasa es que a veces nos creemos libres, pero estamos más atados que nunca. Y no es culpa de nadie. O sí, un poco de todos: la sociedad, la infancia, el algoritmo. Pero sobre todo, la culpa es de esa matrix invisible que vivimos y que ni siquiera sabemos que llevamos puesta. Esa matrix es lo que el Yoga me enseñó a ver. No como algo externo, no como la excusa perfecta para señalar culpables, sino como una ilusión que he ido tejiendo yo misma, hilo a hilo, con cada "no puedo" que dije cuando en realidad quería decir "no quiero".
¿Cuántos “no puedo” son de verdad imposibilidades reales y cuántos son excusas, miedo, o comodidad?
El Yoga te enseña algo incómodo: a dejar de mentirte. Porque a ver, seamos sinceros: Cuando digo “no puedo dejar este trabajo”, ¿es porque no puedo o porque no quiero enfrentar el vacío? Cuando digo “no puedo salir de esta relación”, ¿es porque no puedo o porque prefiero el dolor conocido al salto al abismo? Cuando digo “no puedo cambiar de vida”, ¿es porque no hay opciones o porque estoy tan cómoda que prefiero la angustia conocida a la incertidumbre del cambio? Kant hablaba de esto, y tenía razón: la verdadera libertad no es hacer lo que te da la gana, sino tener la claridad de saber lo que quieres y elegirlo conscientemente.
Pero claro, no siempre sabemos lo que queremos. No nos han enseñado a soñar, a elegir. Nos han enseñado a desear lo que los demás desean, a perseguir sueños prestados, a acumular logros que no son nuestros. Nos han puesto la tele delante y nos han dicho: “Mira, esto es lo que tienes que querer.” Y hoy en día la tele no tiene forma de pantalla plana, tiene forma de Instagram, de influencers viajando a Maldivas, de cuerpos perfectos que se levantan a las seis de la mañana para hacer su rutina facial (como si eso solucionara todos los problemas de la vida). Nos hemos convertido en marionetas de un guion que no hemos escrito, y lo peor de todo es que ni siquiera nos damos cuenta.
La libertad no es decir “sí puedo” cuando todos te han dicho que no. La libertad es decir “no quiero” cuando tú, y solo tú, sabes que no es lo que necesitas. La libertad no es rebelarte contra el mundo, es reconciliarte contigo misma. Lo digo con la voz de la experiencia: pasé años confundiendo libertad con rebelión. Yo también salí, bebí, reclamé mi cuerpo, me metí en guerras que no tenían ni ganadores ni sentido. Yo también confundí “quiero” con “quiero demostrarte que puedo”. Porque eso hacemos muchas veces: perseguimos cosas solo porque nos han dicho que no son para nosotras.
El Yoga, y aquí ya te hablo de mi práctica diaria, no de una teoría que leí en algún libro, es lo que me ha enseñado a parar. A salir de la matrix o si utilizamos un lenguaje más yogi, a salir del Maya. A desenredar los hilos invisibles que me ataban a deseos que ni siquiera eran míos. Me ha enseñado a moverme desde otro sitio, no desde el miedo a lo que dirán o el afán de demostrar algo, sino desde la claridad. Porque el Yoga no es solo poner el cuerpo en posturas imposibles. Es mirar hacia adentro, sentarte contigo misma y decirte la verdad. Es incómodo, sí, pero también es liberador.
Y ojo, esto no significa que ahora viva en una burbuja de pureza espiritual. No. Lo que significa es que estoy aprendiendo a elegir. A no reaccionar, sino a actuar. Porque la libertad no es la ausencia de obstáculos externos; es la ausencia de ataduras internas. Es poder mirar un sueño y decir: “Sí, este sí es mío. Este lo quiero.” O al revés: “No, esto no lo quiero, aunque todos me digan que debería.”
Krishnamurti decía que la libertad es liberarte del condicionamiento, no de las normas externas. Yo digo que es liberarte de los “no puedo” falsos. De los sueños implantados. De las pastillas para no soñar que nos tomamos a diario en forma de redes sociales, trabajo rutinario y expectativas ajenas. La libertad es poder soñar despiertos. No soñar con escapar, sino soñar con construir. Con vivir.
Cuando los textos antiguos del Yoga dicen: “Guíame de lo irreal a lo real, de la oscuridad a la luz, de la muerte a la inmortalidad”, no están hablando de algo místico o abstracto. Están hablando de esto: de salir del sueño ajeno y entrar en el tuyo. De dejar atrás las ilusiones de lo que creías que querías y quedarte con lo que de verdad te importa. De apagar el ruido, cerrar los ojos y preguntarte: “¿Qué quiero realmente?”
La verdadera libertad es saber responder a esa pregunta sin mentirte. Es elegir el siguiente paso desde el presente, no desde los pasos que diste ayer. Es tener el coraje de decir “no” cuando lo fácil sería decir “sí”, y viceversa. Es caminar por la vida sabiendo que cada paso es tuyo, porque lo elegiste tú, no el algoritmo, no la sociedad, no tu pasado.
Así que no te tomes pastillas para no soñar.
Si vas a soñar, que sea con los ojos abiertos y el corazón en calma. Que sea tuyo, auténtico, real. Porque al final, soñar es lo único que nos hace libres.
Si estás buscando un camino para desenredar esos “no puedo” y encontrar la claridad que te permita actuar desde tu verdad, puedes comenzar hoy mismo. La práctica de Tantra Hatha Yoga Fundamentals está diseñada para construir una base sólida, calmar la mente, estabilizar el cuerpo y crear espacio para conectar con lo que realmente quieres. El viaje hacia la libertad empieza en ti.